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Lo que no se puede perdonar a las Farc (1)

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CAPITULO I

LA HORRIBLE NOCHE

     Los efectos térmicos del ardiente sol tropical, epílogo de un caluroso día,  fueron mitigados aquella tarde en el alejado municipio de Apartadó  Antioquia, por  continuas y breves corrientes de brisa fresca,  provenientes de la serranía de Abibe. Eran las últimas horas vespertinas y las primeras nocturnas del fatídico 5 de diciembre de 1996.

    Regresé de Montería, abordo del camión F600 en el que hasta esa fecha trabajé en condición de conductor, contratado por su propietario el transportador de  maderas y microempresario Eduardo Bonilla, uno de esos seres valiosos, que se juegan la vida para sobrevivir, en medio de la contradictoria violencia fratricida, que ha ce muchos años azota la rica  y hermosa zona del Urabá.

     El viaje de retorno desde la capital de Córdoba, no tuvo contratiempos. Jamás sospeché, que la intempestiva y desafortunada vuelta al hogar pese a que en Montería me invitaron a permanecer dos días más, mientras resultaba un viaje de ganado, para no regresar con el camión vacíosería el preludio de una espeluznante correría de terror.

    Cesó la horrible noche? coverLo que voy a narrar refleja la perversión criminal en que viraron las ideas comunistas pro-campesinado, que supuestamente alentaron en algún momento la línea de acción de las Farc.

     Así de extraña e inusitada, es la existencia humana: Las tragedias son sorpresivas, inesperadas y arrasadoras.

     Cuando me apeé del vehículo y entré a casa, mis padres Cristóbal y María Cecilia, observaban atentos en la televisión uno de los noticieros que se emiten al aire a las siete todas las noches.

     Mi humilde madre, la infatigable ama de casa, se levantó de la mecedora de mimbre, calzó sus pies con un par de chancletas viejas de plástico color rojo, caminó hacia la cocina, prendió el fogón y calentó las ollas con los alimentos, en una desgastada estufa a base de gasolina.

    Luego sirvió  un plato de fríjoles con arroz, arepa, carne molida y patacones, reforzados con un golpeado jarro metálico lleno de agua de panela fría con limón

      Estoy seguro que la solícita atención y el esmero de mi mamá, resumen el gesto maternal de retribución recíproca, para aquel hijo, que acorde con sus expresiones de cariño y denodado aprecio, de manera ejemplar incesante trabajó, para ayudar a sufragar los gastos del hogar.

      Por lo tanto, para quienes nos conocían, no era extraño escuchar que en reiteradas ocasiones,  mi progenitora asegurara:

     —Por Antonio, estoy dispuesta a entregar hasta la vida. Es un hombre valioso, un muchacho lleno de valores y virtudes. Alguien que vale lo que pesa. Ojalá que Dios lo premie, concediéndole una buena mujer por esposa

     Ingerí con rapidez, el plato y luego tomé asiento al lado de Cristóbal y mis hermanos, para deleitar la vista con la pantalla chica, actividad que no disfruté porque, to do el tiempo mientras comí fui interrumpido, por la conversación planteada por mis familiares:

    —¿Qué tal viaje, tuvo hoy hijo ? preguntó mi papá, al ritmo de la silla mecedora, que mantuvo en constante movimiento pendular.

     —!Bien ! No tuve ningún problema en el camino. Lo único malo fue que hizo mucho calor. Tuve que parar tres veces a tomar agua. Venía seco respondí.

     Inesperadamente, irrumpieron en la sencilla vivienda con actitud agresiva, tres hombres armados.

    —Somos de quinto frente de las Farc- vociferó uno de ellos y agregó: buscamos a Antonio Ruiz

      En fracción de segundos presentí lo peor. Desde cuando participé en la operación militar contra el Epl en la Guajira, tuve la sospecha que algún día los guerrilleros me ubicarían, para cobrar venganza contra un “traidor, que se alió con los oligarcas para matar a su pueblo”. Su puse temeroso que ese era el momento.

      Durante tortuosos segundos perdí el dominio de mí. Divagué en los límites entre la muerte y la vida. A nadie buscan guerrilleros armados en actitud displicente, amenazante y agresiva para saludarlo.

      Sus “justicieras e inesperadas visitas” en Urabá, como en muchas partes del país, hacen parte de planes predeterminados por objetivos macabros y concretos.

     Visiblemente perturbado, tembloroso y sin saber para que me requerían, atiné a contestar con voz trémula:

     —Soy yo...Y...¿en qué les puedo servir señores?

     —¡Salga rápido y prenda el carro! No se  haga el pendejo, ni se las venga a picar de muy elegante con palabras rebuscadas exclamó el más agresivo de los terroristas.

     —Los demás, también nos acompañan, porque to dos ustedes van con nosotros para asistir a una reunión con el camarada Efraím,  comandante del frente, que tiene algo muy importante para decirles complementó un hombre joven, delgado de nariz aguileña y mirada penetrante, mientras esgrimía en sus manos una subametralladora Madsen.

     Imbuido de causar desconcierto y con el dominio a su favor, miró con desgreño a mi mamá y ordenó:

Vaya cucha y colóquese un par de zapatos buenos para caminar, porque esas chanclas no la dejan mover bien por entre el monte

    Obediente mi madre calzó sobre sus pies, un par de zapatos nuevos, de cuero comprados para su cumpleaños, la semana anterior en la plaza de mercado de Chigorodó.

     El amenazante tono utilizado por los intrusos, que desde el violento ingreso a la desguarnecida vivienda, impidió sostener un diálogo amplio y civilizado para aclarar cualquier tipo de dudas, viró en un asombroso monólogo de frases imperativas.

      La extrema tensión se reflejó en los rostros de toda mi familia. El asfixiante ambiente colmado de incertidumbres y presagios oscuros, apuró dudas que bullían por miles, en los cerebros de los sorprendidos e inermes padres y hermanos míos, en ese momento víctimas del terror.

      La insostenible y peligrosa situación alcanzó tal magnitud, que equivalió a ingresar por sorpresa a los vericuetos y laberintos de un mundo desconocido.

     El paso siguiente sería definitivo, porque significaba la vida o la muerte, dada la agravante presión sicológica latente, surgida como un manantial de infamia, de las armas portadas por los agresores, que por lógica, cerró cualquier posibilidad de discutir o contradecir algo.

     Revivo en la memoria  instantes anteriores al trágico suceso que  marcaría para siempre hondas huellas en  mi alma.

     Pensé que de pronto utilizarían el camión para cometer  alguna fechoría, en la que saldría comprometido como presunto conductor cómplice.

     Ingenuo, hasta supuse, que tal vez los terroristas llevarían a mis familiares hacia allá, para utilizarlos como escudos humanos y reducir la capacidad de reacción del Ejército o de cualquier otra autoridad que de pronto se interesara en buscarlos después de cometer la fechoría.

     Intenté explicarles que para mover el vehículo, requería autorización del propietario, pero, observé a través del espacio dejado por la puerta entreabierta que desde la sala conducía a la calle, que con revólver en mano, otros dos malhechores, tenían encañonado a Eduardo Bonilla. La situación por venir era de suma gravedad.

       El mutismo, antesala de la derrota moral, colmó los espacios mentales de los secuestrados. A todos nos invadió un frío y  aterrador aire de nefasta sospecha, porque sin excepción para la fecha, todos los habitantes del Urabá, ya éramos conscientes, que el furibundo ingreso a una casa por parte de bandoleros armados y agresivos, sea cual fuere su tendencia ideológica, podría significar la primera parte de una masacre premeditada y lo más triste, concebida en torno a las intrigas, las consejas y los chismes.                                                                                                                                                                             

     —Suban rápido paramilitares hp gritó el despiadado hombre que aparentemente encabezó la banda de secuestradores

     —Nosotros, no somos de esa gente respondió mi hermana y agregó nerviosa luego de una enternecedora pausa:

    —Somos campesinos, trabajadores, que a nadie hacemos mal

    Cállese grandísima hp - recriminó el terrorista y con extrema cobardía propinó un culatazo en el rostro  de  Mónica.

     Un hilo de sangre lavó la cara de la ofendida muchacha, quien lloró de impotente ira.

     El agresor miró con sevicia la víctima y exclamó:

     —Como está de buena para darle por donde sabemos, esta gran puta moza de los paramilitares

    —No compañero, ¡no diga eso! repuso otro de los plagiarios esa es una actitud del lumpen, contraria a los postulados de la revolución socialista

     —Bueno, lo cierto de todo, es que la india tiene buena nalga ¿O no?insistió el morboso criminal

      Dos bandoleros vestidos de civil, treparon a empellones a Eduardo Bonilla en la parte trasera del vehículo, mientras tanto, otros dos, ocuparon la cabina del camión, apuntando sus armas contra mí.

     Encendí el motor del vehículo. Los bandoleros bajaron la carpa trasera. Presa del pánico escuché que  profirieron amenazas de muerte contra mis padres y hermanos Pedro de 24 años, Fabio Alberto de 23 y Mónica de 18.

    Lavado en sudor, tembloroso y con un amargo sabor de nostalgia e impotencia en la garganta, seguí sus aterradoras instrucciones e inicié la marcha incierta, pero llena de fatídicos temores.

    Tres o cuatro cuadras más adelante, recogimos a otra familia que ya tenían secuestrada,  otros maleantes del mismo grupo. Avanzamos y en la cuadra siguiente subieron al camión  una tercera familia.

     Sumidos en absoluto silencio, continuamos el re corrido y luego frente a una esquina, volteamos a mano derecha En ese sitio, uno de los captores, que portaba bajo su brazo izquierdo tres ejemplares del periódico Voz, órgano informativo de difusión oficial del Partido Comunista, dijo:

     —No se preocupe compañero, que vamos para u-na reunión con “el cucho Efraín”,  comandante del quinto frente de las Farc, para aclarar algunas dudas, que el movimiento armado tiene acerca de lo que ustedes hacen aquí en Urabá, pero si no tiene problemas, ni se encuentran informes de inteligencia revolucionaria en su contra,  esta misma noche estarán de regreso en Apartadó

     —O tal vez camino al infierno complementó el otro, a la vez que se rió con diabólico tono burlesco y despectivo. 

     Urdí el deseo de accidentar el camión, para provocar una crisis o una situación que obligara a suspender el peligroso viaje, pero renuncié a esa intención por temor a que mis familiares y los demás particulares sufrieran daños.

     Silenciados por los secuestradores, continuamos el dramático viaje, por la vía que conduce a Chigorodó muy cerca de Carepa. Tomamos  una carretera destapa-da. Quince minutos después, desocupamos el vehículo que apagué de inmediato.

    Fue la última vez que manejé y vi ese camión. Como algo extraño de resaltar, el propietario del carro quedó allí, pero yo quedé con las llaves.

   Dicha situación, generó en mi interior, sentimientos encontrados de confianza y a la vez desconfianza por lo que pudiera suceder, ya que pensé equivocado que si Eduardo estaba al lado de su vehículo y yo tenía las llaves, mas tarde regresaríamos todos a Apartadó.

    Entramos a los predios de una finca y avanzamos por entre una platanera enorme, escudados en el sigilo impuesto por los secuestradores, quienes seguían diciendo que no había motivo para preocuparse.

     Además parecía que no sucedería nada diferente a una reunión política, como  dijeron en la esquina que volteamos antes de salir de Apartadó.

     Un cuarto de hora después, aparecieron en el lugar, 20 terroristas disfrazados de militares. Utilizaban vestidos camuflados y portaban en el hombro izquierdo brazaletes, que los identificaban como miembros de las Farc.

     —Usted es un paramilitar gritó enfurecido uno de los sicarios que esperaba las víctimas, mientras separaba del grupo a un muchacho joven, en el preciso momento en que el tumulto de ciudadanos inermes secuestrados, tomó contacto con los asesinos que esperaban a los demás integrantes de la banda.

     Acto seguido separaron a los demás para que na-die escuchara que hablaban con cada persona.

     El silencio que crispa los nervios ante la inminencia  de una tragedia presentida, laceró los agitados corazones de los secuestrados.

La oscuridad de la calurosa finca albergó en su seno un drama, dada la letal trascendencia premonitoria de lo que sobrevendría. Rostros sudorosos signados de pavor.

     Piernas temblorosas sinónimo de impotencia. Gesticulaciones nerviosas e imprecisas. Resequedad en labios y gargantas. Deseos de escapar del infierno verde y oscurecido por las densas sombras nocturnas, para no desaparecer del planeta.

     Ganas de vivir para amar. Anhelos infinitos de  morir de una vez, para no padecer crueles y humillantes torturas, producto de insanos odios políticos carentes de  claridad ideológica real.

     Esperanzas de luchar contra el temerario e incierto destino momentáneo. Intenciones de rendirse pero a la vez de combatir, agitaron el comportamiento de las víctimas  En síntesis, estábamos a las puertas de una tragedia.

      Alejado del lugar donde se concentraba mi  familia, me colocaron cerca de dos jóvenes que no conocía.  Luego nos llevaron a los tres, para el sitio donde permanecía el muchacho que sindicaron de ser paramilitar.

     Fuimos amarrados con sogas y nadie protestó. Parecíamos corderos vía al degolladero.

     El macabro escenario del infausto momento quedó perfilado por la dramática incertidumbre, porqué co-mo estaba oscuro, nos amedrentaban más, colocando las luces de las linternas contra nuestros rostros y detrás del haz de luz las pistolas o los fusiles apuntaban hacia las víctimas.

      En silencio y  totalmente aterrorizado, esperé con los ojos cerrados, que sonara un disparo contra la cabeza de alguno de los secuestrados.

     Sudoroso, estresado y desconcertado, sin más claridad ni espacio visual, que el derivado de las luces de la linterna, noté que también había una muchacha amarra da, es decir que en total, éramos cinco las personas, listas para ser asesinadas.

      —No, no, aquí no se puede disparar contra estos perros, porque estamos cerca al pueblo y de pronto se escuchan los tiros a la distancia y alguien  avisa a los chulos[1]  comentó un terrorista a otro, con aire de siniestra complicidad.

      Consecuencia del sexto sentido sumado al instinto maternal ante el peligro que corre uno de sus hijos, mi mamá quien permanecía silenciosa e inundada de malos presentimientos, producto de la intuición derivada de lo que estaba escuchando en la aterradora oscuridad, súbita mente estalló en lágrimas. Su llanto se multiplicó como u na premonición siniestra, en los rostros y los espíritus de todos los secuestrados.

      La columna de la muerte caminó en constante as censo, media hora más, hacia el sur-occidente de la tenebrosa primera estación, en dirección hacia la espesura de la montaña. Con la mayor naturalidad y como si se tratara de algo consuetudinario, uno de los terroristas profirió la primera sentencia de aniquilamiento:

     —Bueno aquí está mejor para cobrarle cuentas a los paras [2].-

      Presa del pánico Romelia,  madre de uno de los jóvenes amarrados, corrió desesperada a riesgo de perder la vida, hacia donde se encontraba su hijo.

     La furiosa voz de uno de los maleantes, rasgó el aire mediante la escabrosa advertencia del humillante grito:

¡Quieta ahí !...¡no corra vieja hp!

     La anciana hizo caso omiso ante el alarido de intimidante anuncio exclamado por el secuestrador. Sin mediar palabra ni consideración, dos terroristas descargaron sendas ráfagas de fusil, contra la espalda de la desesperada campesina, quien cayó muerta  al instante.

     Escuché el silbido de los disparos pasar cerca de mí. La víctima cayó boca abajo a mis pies. Impresionado observé que de su boca manaba abundante sangre.

     El vital líquido brilló en la semioscuridad, en la medida que uno de los bandoleros, alumbró con la luz de la linterna el cuerpo inerte de la sufrida, humillada e inmolada campesina, para verificar que estuviera muerta.

     La trompetilla de su fusil rozó mi cuerpo y me produjo un escalofrío inmenso, porque la humeante boca de fuego, expedía un asqueante olor a pólvora. Yo estaba muerto en vida.

     El hijo de la recién asesinada campesina, lloró con intenso desconsuelo la trágica partida de su ser más querido, en aquel instante plagado de impotencia e ira contenida.

    El bandolero que alumbró el cadáver de la campesina, miró con sorna al ofendido joven y le advirtió:

    —No se preocupe compañerito, que a usted también le puede suceder lo mismo

    De inmediato, sin misericordia dos sicarios segaron la vida del joven, que minutos antes imposibilitado por las circunstancias, indefenso y amarrado, vio asesinar a mansalva a su progenitora.

     Luego, ultimaron a balazos  cuatro personas más de la misma familia y acto seguido, empujaron a puntapiés los cadáveres hasta reunirlos para taparlos con ramas. 

     Los secuestrados que hasta el momento sobrevivíamos, palidecimos de miedo.

     Nadie habló. Parecía que el sino trágico de la muerte nos llevaba rumbo a la desgracia y que no existía en aquel paraje de horror, ningún poder humano o divino para impedir la consumación total de la masacre.

     Nuestras vidas pendían de un hilo satánico, que osciló con siniestra constancia en el espacio indefinible de la desgracia fortuita.

     Surgió en el ambiente una creciente aceptación de la muerte para todos los plagiados ante la casi improbable ocurrencia de algo extraordinario, para que el múltiple crimen no se consumara, frente al poderoso arbitrio maligno, de la intención homicida de los secuestradores.

     Estábamos en contacto y cercanía con la muerte, a la vez que se alejaban las escasas posibilidades de vida, puesto que lentos y resignados, caminamos al ritmo criminal de los captores.

     Ante la inminencia de lo peor, me asaltó una horrible preocupación, muchas veces descrita  con voz trémula a quien tenga la paciencia de escuchar el relato.

     ¿Qué pasaría con los muertos?. Hasta donde vi, ni siquiera sepultaron los cadáveres de las primeras víctimas.

     Después supe que otros guerrilleros los descuartizaron con motosierras, para que si alguien los encontraba, inculparan a los paramilitares del crimen, por ser ellos quienes presumiblemente proceden de esa manera atroz, para desaparecer las víctimas de sus salvajadas.

      Luego los enterraron y enmascararon bien el lugar del crimen, para no dejar evidencias comprometedoras del horrendo asesinato.

     Seguimos caminando por entre la densa montaña, apesadumbrados por la atosigante incertidumbre, a brumadora presión sicológica que impedía determinar hasta cuándo tendríamos vida.

     Eran casi las dos de la mañana, cuando encontramos otro grupo de guerrilleros. Estos ya tenían listas varias fosas para enterrar  las próximas víctimas.

     En ese preciso instante comprendí algo irremediable para las víctimas del plagio, pues enfrentar la realidad del secuestro, es el primer paso de la denigrante situación personal, que con dureza sintetiza para el actor agredido, desmoralizadores contornos de dependencia de la voluntad del captor y una ascendente renuncia a concebir las vivencias por la propia cuenta.

     Lista en mano los terroristas sacaron del grupo a Edilberto, muchacho de mediana estatura, piel morena y cuerpo atlético, que se hallaba entre los secuestrados.

     Seguro de estar preparado mentalmente para vejar la dignidad humana de Edilberto, uno de los bandoleros, el desgarbado  y paliducho que ingresó a mi casa, portando una subametralladora, preguntó en voz alta, como si pretendiera hacerse sentir más, para de paso justificar por anticipado el crimen que llevaba en mente :

     —¿Quién es el jefe del grupo de los paramilitares al que pertenece ?

       —No, no sé nada de eso que me preguntan y  por favor no me vayan a hacer daño, porque les juro por mi diosito lindo, que no tengo la menor idea acerca de lo que quieren saberreplicó el desdichado,  ante la inminencia de la muerte y con la certeza que obraba con rectitud dentro de los parámetros de la verdad.

      Otro terrorista que permanecía sentado en un tronco, escuchó con atención los ruegos del infortunado, quien trataba de responder explicaciones convincentes al criminal interrogatorio.

     El malintencionado oyente,  se puso de pie y asestó un golpe a Edilberto en el  sudoroso rostro. Acto seguido, desenfundó la pistola que colocó en la cabeza de la víctima e increpó:

     —¡Ah....! y es ¿que no va a hablar sapo gran h.p? ¡Aquí ya no están los paramilitares para que lo defiendan

     Alejado de cualquier asomo de respeto por la vida, el despiadado sicario disparó dos veces la pistola contra la humanidad de Edilberto, quien murió implorando compasión a un demencial asesino.

     El homicida era uno más de aquellos integrantes de las hordas vandálicas, que a nombre de la revolución comunista, prometedora de un paraíso de bondades, cometen atrocidades iguales o mayores, consideradas dentro de la trágica categoría de crímenes de lesa humanidad.

    Con aire de prepotencia y en el cenit de la cobardía, amparada en el fugaz poder homicida de las armas, empleadas para amedrentar supuestos contradictores políticos o ideológicos, el sicario dirigió la palabra a las siguientes víctimas que maniatadas esperaban el turno para morir.

     —Si no están dispuestos a confesar todo lo que conocen acerca de los paramilitares, vayan haciendo cuentas que todos van a morir esta misma noche, porque ustedes tanto los que ya pelamos[3] como los que quedan vivos saben (sic) quienes son esos hijos de p... paramilitares

     —Además les digo que con toda seguridad, en las Farc tenemos información concreta, que ustedes ayudan a esos manes (sic) aseveró con tono pausado pero intimidante, mientras con el dedo índice hurgó el vientre de mi padre. 

    Con la certeza que tenía las de ganar, no porque  lo asistiera la razón, sino porque estaba armado y sediento de matar personas indefensas, a quienes miraba como enemigos a muerte, y, ante la impotencia de las víctimas para por lo menos intentar defenderse, así fuera mediante la invocación calamitosa de elementales reglas del derecho natural ; con visos de criminalidad en su  penetrante mirada el sanguinario bandolero, se dirigió a un padre de familia cuyo rostro descompuesto reflejaba con desgarradora inferioridad, la resignación característica de quien ingresa en total estado de indefensión a la siniestra etapa  previa a la muerte predeterminada por un intimidante homicida.                        

     —¿Es su hijo el jefe de los paramilitares? preguntó el terrorista :

       No - respondió a secas, el angustiado labriego, mientras gruesas gotas de sudor empaparon su pálido rostro.

      Desencantado porque no consiguió la respuesta que esperaba, el asesino empujó con rabia al campesino maniatado, quien cayó de bruces encima del cadáver del desdichado joven, que minutos antes ultimara el verdugo. De inmediato, el sicario disparó el arma homicida contra el ya sentenciado interlocutor.

     Otro hijo del labriego muerto, saltó al lado del cuerpo inerte de su padre y en forma dramática imploró, mediante humillados ruegos:

    —Pido  perdón para el resto de mi familia, con la condición que mañana mismo desocuparemos la región del Urabá

    —Repito una vez más, que se trata de una equivocación, porque mis familiares no tienen ningún nexo con los paramilitares. No conocemos a esos tipos, ni nos interesan para nada. Lo único que queremos es trabajar y vivir en paz. Nada tenemos que ver con esta guerra tan absurda. Por favor: ¡permítanos vivir!

     —Si quiere vivir, gánese la oportunidad. Coja esa pala y comience a hacer un hueco para enterrar el cuerpo de su papáreplicó el terrorista.

      Uno de los captores soltó las manos del muchacho, quien de inmediato se aferró al cadáver  de su progenitor. Lloroso y untado de sangre por todas partes del cuerpo, fue separado con rudeza del muerto, por dos de los secuestradores.

       Luego le entregaron la pala y efectivamente el joven cavó, el hueco. La tierra era blanda y permitía la rápida trepanación. En cuestión de 30 o 40 minutos, quedó lista la fosa.

      Los ruegos del joven no fueron escuchados, porque el homicida propinó un disparo en la pierna derecha del reclamante. Luego tomó un machete y con la parte plana de la herramienta, golpeó dos veces consecutivas, la espalda de la nueva  víctima.

      Con suplicante llanto y voz entrecortada por la penuria padecida, presa del pánico y encrucijado por el desesperante interrogatorio, balbuceante el herido dirigió la palabra  a los atacantes:

      —Uno de los jefes paramilitares es un tal Fabián Mejía residente en Caucasia. Claro que eso no me consta, sino que se lo oí decir a un borracho la semana pasada en una tienda allá en Currulao

      —Y, ¿usted cree que nos va a convencer con ese cuento tan marica?...¡No viejito.... No sea tan imbécil. E-se tal Fabián Mejía, a lo mejor ni existe. De pronto es hijo de su imaginación. No nos venga a “cañar”[4]

      —Diga: ¿quiénes son todos los paramilitares de su grupo?, ¿quién los ayuda?, ¿dónde se reúnen ?, para poderlos pelar. Ni sueñe que le vamos a creer  su mentira, porque ese tipo que acaba de nombrar, no sabemos si existe contradijo enojado el secuestrador.

      —Estoy diciendo la verdad. Créanmerepuso el maltrecho campesino.

      —Lo único que merece este paramilitar hp, es un pepazo[5] - afirmó el delincuente

       En razón a que por medio de la intimidación y la violencia, no obtuvo la información que deseaba escuchar, el victimario descargó el contenido del proveedor de la pistola 9 mm, contra el joven que cayó herido y paulatino fue perdiendo la vida al lado del cuerpo exánime de su padre, de quien se abrazó como si fuera una admonición de gloria, para ingresar juntos a una nueva etapa de la existencia humana.

      Con desdén por los rezagos de la vida humana, los terroristas arrojaron los dos cadáveres a la improvisada cámara de sepultura.

      La madre del joven recién asesinado y una hermana de la víctima que a la sazón frisaba 18 años, corrieron hacia el borde del foso para contemplar horrorizadas el macabro epílogo del aleve asesinato de sus dos seres queridos.

       Con las manos amarradas por detrás de la espalda, se agacharon para mirar al fondo del hueco. Los sicarios dispararon sus armas contra las dos nuevas víctimas, cuyos cuerpos inertes cayeron encima de los dos anteriores.

      Con espeluznante parsimonia, los asesinos taparon las fosas, vertiendo sendas paladas de tierra sobre los destrozados cuerpos.

      El silencio de los sobrevivientes era espantoso. El único ruido que se escuchaba en la montaña esa madrugada siniestra, era el expelido por las palas maniobradas por asesinos integrantes del quinto frente de las Farc, empeñados en ocultar con tierra los maltrechos cadáveres humanos, que constituían la prueba reina del delito cometido.

      Al filo de las tres de la mañana la sudorosa, diezmada y extraña columna humana, signada por la muerte y el secuestro[6], reinició la marcha a campo traviesa.

      Media hora después una “comisión guerrillera”  nos esperaba junto con otra familia, también lista para ser asesinada. Las nuevas víctimas, venían amarrados con  lazos largos, terminados en el fatídico “nudo guerrillero”[7].

     Mi mamá, a quien zapatos nuevos le hicieron un par de ampollas en los pies, dejó abandonado el calzado y continuó caminando descalza; tropezó, cayó pesadamente y se luxó un tobillo.

      No obstante la limitación física de la secuestrada, los inhumanos captores, la obligaron a seguir caminando, hasta que doblegada por el enorme esfuerzo dijo:

     —No puedo dar un paso más y se sentó a llorar.

      El llanto de mi madre implorando misericordia, no conmovió para nada la enceguecida intención homicida de los plagiarios. Fue obligada a levantarse para continuar el camino hacia la muerte.

      El interminable trecho era cada vez más difícil de cubrir. Obligados por la lentitud de la marcha de mi madre, detuvimos el paso cerca de una corriente de agua fresca. Un bandolero recostó el fusil contra un árbol para des cansar y beber agua.

      Hice esfuerzos sobrehumanos para desatar el lazo sin que los secuestradores notaran los sutiles movimientos. Sin importar presumibles consecuencias de la reacción de los plagiarios, pensé tomar aquel fusil y utilizarlo para matar unos cuantos asesinos de los allí presentes, antes que nos siguieran matando a todos los secuestrados.

      Pero fue imposible. Es terrible el desespero de estar tan cerca de la muerte y no tener a disposición otra alternativa para hacer nada diferente a ejecutar una acción  suicida en grado sumo.

      Es algo así como renunciar intencionalmente, pe ro a la vez, con lentitud y terror contra la voluntad, al  más elemental de los derechos humanos : la vida.

      —Toca matar esta vieja hp, pues por su culpa no podemos sembrar raíces y quedarnos aquí plantados profirió uno de los matones y de inmediato disparó su arma contra mi madre, quien aún herida intentó ponerse de pié para buscar la forma de sobrevivir, y tal vez por instinto maternal, seguir a cargo de la connatural protección de sus hijos. Hasta el último segundo de su martirizada existencia, mi madre dio ejemplo de dignidad, valentía, coraje y temple. Dios la guarde para siempre.

       Presa de la ira desprendida de la cobarde muerte de su esposa, mi padre gritó:

      —Si ya acabaron con la vida de mi mujer, no tengo a nadie más en el mundo por quien luchar, entonces...¡ Mátenme guerrilleros hijos de la peor p…!

        Los sicarios  asesinaron a mi papá en un santiamén, junto con  mis dos hermanos, quienes no tuvieron tiempo para por lo menos gritar o implorar clemencia.

        En medio de una siniestra orgía de horror y salvajismo, luego asesinaron a tiros a la familia que ya tenían secuestrada en ese lugar.

       Acto seguido, descuartizaron parcialmente los cadáveres y los enterraron de la manera más miserable del mundo, a orillas del riachuelo donde paramos a mitigar la sed.

       El peor de los recuerdos de aquella infame ruta hacia el calvario colectivo, quedó grabado en mi mente. En medio de la soledad de la selva, vi despedazar con una motosierra, los cuerpos de quienes unas horas antes me recibieron con alborozo, al regreso de Montería. En escaso lapso de ocho a diez horas, mi vida cambió y de qué manera.

      De milagro, sobrevivió a la masacre conmigo un muchacho que estaba con los últimos secuestrados, aquí en los captores llamaron Andrés y yo.

       Supervigilados por el ojo avizor de los plagiarios, caminamos como hasta las cinco de la mañana por el escarpado sendero, lleno de obstáculos, entre la montaña. Yo iba aterrorizado. Mis labios y garganta estaban resecos.

       Sed física y sed de venganza inundaban mi cuerpo y mi alma. El infierno me parecía poquito. Jamás imaginé cual sería el estremecedor final de la humilde existencia de mis padres.

      Cerré y abrí los ojos varias veces, tratando de despertar de una amarga pesadilla, porque por instantes llegué a pensar que soñaba despierto el más horrible de los dramas.

      Urdí planes tenebrosos para tratar de salir con vi da y regresar a cobrar cuentas. Inicié a fraguar la idea de la fuga, condición que considero inherente a la mentalidad de todo secuestrado.

      Cavilé en escapar y buscar a los paramilitares para unirme a ellos y llevarlos hasta el lugar, para ajustar cuentas con los verdugos de mi familia. Oscuros pensamientos, deseos de venganza y planes macabros asediaron mi enmarañado cerebro. 

     Pero la impotencia de estar amarrado, reflejaba con dolorosa resignación, que cada paso dado, equivalía a la sumisión de cargar a cuestas un pesado fardo de ignominia.

     En aquellos días, ya habían sucedido similares masacres en Urabá. A fuerza de escuchar  comentarios de las mismas, nos acostumbramos a convivir con la fatal posibilidad de morir en una de ellas, porque desgraciadamente habitamos dentro de un país en que un alto porcentaje de sus habitantes pervive influenciado  por la letal idea, que la vida humana no vale nada.

     Macabra tesis en la que por desdicha, los hechos demuestran otra lamentable realidad: ante los estrados políticos y judiciales, tienen más ventajas los delincuentes que la gente honrada.

     En síntesis aquella noche creí ser actor principal dentro del reparto, de la peor película de horror y de insania, que quizás por egoísmo, a mi juicio difícilmente ha ya palpado otro contemporáneo viviente.

     Los sucesos posteriores, demostraron mi equivocación. Sin duda, este lamentable caso no es único. Es apenas un muestreo, de lo que a diario ocurre en las zonas rurales, donde la presencia de las Farc es activa e impositiva.

     Al amanecer, cuando ya el sol iniciaba a despuntar en el horizonte, el jefe de los bandoleros, envió una comisión para que verificara la situación de seguridad en los alrededores de una sonora corriente de agua.

     Cuarenta y cinco minutos después los exploradores del terreno, regresaron con la noticia, que el área estaba asegurada, ya que no había rastros de presencia del Ejército en el sector.

      Perfectamente organizados, los asesinos distribuyeron turnos de vigilancia, descuajaron diez matas de guadua, armaron una guarida improvisada, prepararon café oscuro y arepas para desayunar y luego el jefe de la pandilla, dispuso que  pasáramos al reposo.

     No pude conciliar el sueño, temeroso de ser asesinado mientras dormía.

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[1]Forma despectiva utilizada por las Farc, para referirse al Ejército

[2]Diminutivo de “paramilitar”

[3]sinónimo de matamos

[4]Forma coloquial sinónima de decir mentiras

[5]disparo, tiro, balazo

[6]Consideradas por la normativa del Derecho Internacional Humanitario como las mas graves violaciones a los derechos humanos

[7]Nudo corredizo, que deja a la víctima lista para ser ahorcada en el caso que intente huir.