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Bajezas políticas electorales santistas: Eterno daño del bipartidismo a Colombia

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    Análisis del conflicto colombiano

    A juzgar por los hechos políticos recientes, nada ha cambiado en Colombia después de la Patria Boba (1810-1814) cuando la fronda aristocrática traicionó a Nariño; ni luego con la convulsa Convención de Ocaña cuando en conciliábulo los santanderistas con su afamado jefe a la cabeza, no solo traicionaron a Bolívar sino que se complotaron para asesinarlo, como en efecto lo intentaron la nefanda noche del 25 de septiembre de 1828.

    Con el paso de los años, vinieron sucesivos arrodillamientos de los dirigentes de turno frente a Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia, Ecuador, Venezuela y por último frente al corrupto gobierno proterrorista de Nicaragua con el espurio fallo de la CIJ. Y a la par con esos dobleces de cervices, hubo decenas de guerras civiles, violencia y tragedia inspirada por los jefes bipartidistas, no para sacar proyectos de desarrollo a largo plazo en beneficio de Colombia, sino para su provecho personal.

    Y lo que es peor, en todas estas tragedias están metidas encopetadas familias de liberales y conservadores, que autoconvencidos de un origen divino para malgobernar a Colombia, con contadas excepciones se han pasado el poder entre familias, y han conformado logias al estilo de los Habsburgo de Austria, emparentados entre ellos, lo cual dificulta aún más el ascenso al poder de alguien que sea decente y no pertenezca a esa aristocracia de dudosos abolengos.

   Por esas razones, Colombia perdió a Panamá, se enfrascó en la salvaje guerra de los mil días, permitió la existencia de los descarados latifundios que tanto denunció Gaitán y que a la postre le costaron la vida; facilitó al Partido Comunista crear sus brazos armados e infiltrar todos los estamentos sociales y políticos, hasta el extremo que sus guerrillas se convirtieron en poderosos grupos narcoterroristas con alta influencia en los mercados mundiales de coca. Y la lista sigue.

    El desolador pero verídico cuadro anterior indica que el bipartidismo conservador-liberal, ha sido la peste que ha augeado las desgracias colombianas y ha colocado primero en el palacio de San Carlos y después en la Casa de Nariño, en el congreso y en las altas cortes, a unos personajes inferiores al reto patrio, pero muy útiles y alabados como prohombres por las castas aristocráticas que manejan los medios de comunicación, la riqueza agraria, el poder económico urbano, las universidades y obviamente el presupuesto y la burocracia.

    No obstante estas realidades, las bajezas de la campaña santista, corroboran que la regla continúa en boga. La farsa de la paz en La Habana es tan cínica, como la personalidad de Santos con su mermelada y su demagogia, o como la cadena de estratagemas de engaño, mentiras, y ardides de las Farc en torno a su plan estratégico.

    Santos fantasea con el cuento de la paz, pese a que de mil maneras las Farc y todos los cómplices internos y externos del grupo terrorista reiteran hasta la saciedad que por ahora no hay negociación de paz, sino búsqueda de acuerdos para aclimatar la paz, que no son narcotraficantes, que no van a entregar las armas porque esas son la garantía de que sus imposiciones unilaterales se cumplan, que ellos son comunistas y que hay una guerra de clases que terminará cuando los comunistas gobiernen y Colombia sea parte de los peoncitos de la dictadura cubana en el continente, etc, etc.

    En medio de su fantasiosa estratagema electoral de la paz, Santos traiciona a los soldados y policías que lo han mantenido en el inmerecido cargo, con la fanfarronada que los dineros que se gastan en la guerra pasarán a la construcción del país, de lo que se podría inferir que las tropas se desarticularán, para que las Farc y los demás comunistas tengan abierto el camino hacia la toma del poder. Y desde luego traiciona a nueve millones de colombianos que lo eligieron convencidos que no transaría con los terroristas.

    Al coro pacifista de Santos se unen todos los politiqueros que no quieren soltar la ubre que les provee leche y miel a cántaros, con una fiscalía que mintió en el caso de Sigifredo López, montó un show publicitario lesivo a las Fuerzas Militares con la sede de Andrómeda, al parecer entrega a la revista Semana información que debería ser reserva de los sumarios y que ahora en presumible actividad política asegura que una oficina de un supuesto hacker que hacia parte de los publicistas de la campaña de Zuluaga, dizque “espiaba” a los bandidos de las Farc en La Habana para torpedear el proceso de paz de Santos. Y hasta se aventura a afirmar en los medios, que el sindicado dizque cometió el delito de espionaje.

    Hasta donde se sabe el espionaje lo cometen agentes extranjeros en otro país cuando buscan información privilegiada y sensible de la defensa nacional del Estado afectado, como por ejemplo hacen los diplomáticos de Venezuela y Cuba en Colombia. Si interceptar correos electrónicos a los bandidos de las Farc o periodistas proclives a la dictadura cubana es espionaje, eso equivale a reconocer estatus de beligerancia y nivel de Estado, al narcoterrorismo comunista.

    Y decir cómo se publicó que Andrómeda “espiaba” a los negociadores del gobierno es mucha osadía intelectual y de neuronas. No hay que ser experto en ciberguerra, ni en ciberterrorismo, ni en espionaje, ni en análisis político profundo para darse cuenta que De La Calle y sus coequiperos son un grupúsculo intrascendente y sin preparación coherente de un plan estratégico, que como mandaderos de Santos están en Cuba percibiendo altos ingresos por ayudar a la campaña reeleccionista de su patrón, soportando todas las imposiciones de los criminales y legitimando la farsa de la paz, que por partida doble, conviene a Santos para seguir en el inmerecido cargo y a las Farc para continuar en su lucha por la toma definitiva del poder, porque “juraron vencer”.

    Santos es el producto del anquilosado bipartidismo que ha sacrificado a Colombia por salvar el egoísmo de las castas todopoderosas que han conducido a el país al caos actual. Este personaje actúa igual que la fronda aristocrática de la patria boba, a los intrigantes de la Convención de Ocaña, a los gestores de incontables guerras civiles, a los ineptos que entregaron grandes porciones del país a los vecinos avarientos, a los estúpidos encopetados que perdieron a Panamá, a los enemigos solapados que en público alababan a Gaitán y en privado coordinaban bloquearlo, etc., etc.

    Todas estas realidades históricas, verdades políticas y claridades meridanas que afloran cada vez que hay campañas electorales, no deben seguir enclaustradas como un mal irreversible en el imaginario colectivo. Si Colombia sigue colmada de inacción correctiva y ensimismada en esta marejada de demagogia, politiquería o manzanillaje, los únicos ganadores serán las Farc y los comunistas armados y desarmados dentro y fuera del país, que seguirán estructurando su proyecto totalitario, apropiados del espacio dejado por la inercia colectiva de los colombianos y permitido por los aristócratas de origen superior.

    No hay peor ciego que aquel que no quiere ver.

    Coronel Luis Alberto Villamarín Pulido

    Analista de asuntos estratégicos

      www.luisvillamarin.com