Estuve al mando de tropas afganas este año. Fuimos traicionados.
Cuando la fuerza talibán ingresó a Kabul el 15 de agosto de 2021, el teniente general Sami Sadat graduado dos décadas antes en la Academia de Defensa del Reino Unido y con una maestría posterior en el King's College de Londres, comandaba el 215 Maiwand del Ejército Nacional Afgano en el suroeste de Afganistán. Antes de ocupar ese cargo, se desempeñó como director senior en la agencia nacional de inteligencia de Afganistán. Su carta publicada por The New York Times, una semana después de la caída de la capital afgana, es un documento para la historia y constituye una importante referencia para los estrategas y estadistas de países afectados por procesos revolucionarios… Para pensar y actuar. Durante los últimos tres meses y medio, luché día y noche, sin parar, en la provincia de Helmand, en el sur de Afganistán, contra una ofensiva creciente y sangrienta de los talibán. Aunque eramos objeto de frecuentes ataques, detuvimos a los radicales e infligimos muchas bajas. Luego me llamaron a Kabul para comandar las fuerzas especiales de Afganistán. Pero los talibán ya estaban entrando en la ciudad; fue muy tarde. Estoy exhausto. Estoy frustrado. Y estoy enojado. El presidente Biden dijo la semana pasada que "las tropas estadounidenses no pueden ni deben luchar en una guerra y morir en una guerra, que las fuerzas afganas no están dispuestas a luchar por sí mismas". Es cierto que el ejército afgano perdió la voluntad de luchar. Pero eso se debe a la creciente sensación de abandono de nuestros socios estadounidenses y la falta de respeto y la deslealtad reflejada en el tono y las palabras del señor Biden durante los últimos meses. El ejército afgano no está exento de culpa. Tenía sus problemas - amiguismo, burocracia, pero finalmente dejamos de luchar porque nuestros socios ya lo habían hecho.