Enrique Gómez Martínez y Rafael Nieto en peleas que los obligan a portarse como caballeros y no como lo que son
La política colombiana contemporánea vuelve a ser escenario de una confrontación tan predecible como estéril. Lejos de responder a los grandes desafíos del país, las tensiones entre las distintas facciones que de dientes para afuera apoyaron al actual gobierno de Abelardo de la Espriella, han derivado en una pugna mezquina por cuotas de poder, dejando al descubierto la profunda crisis de gobernabilidad desde el congreso de la república, y la carencia absoluta de genuinos proyectos ideológicos o programáticos en el espectro político nacional. El trasfondo de esta disputa insulsa entre el Centro Democrático y los sectores afines a Salvación Nacional radica en la mutua y absoluta incapacidad por carencia de idoneidad de los dos personajes de marras, para ceder y construir consensos. Por un lado, desde la curul de Enrique Gómez Martínez se insiste de manera casi inducida en que el Centro Democrático —un bloque perteneciente a una supuesta derecha que viene en caída libre desde hace años— tiene la obligación de someterse disciplinadamente a las directrices de la administración De La Espriella y unirse sin condiciones. Por otro lado, en el Centro Democrático, las posturas exteriorizadas por Rafael Nieto Loayza, personaje gris y sin ningún liderazgo nacional pues llegó al congreso por amiguismos con Uribe Vélez , quien lo puso a encabezar lista cerrada, evidenciarían que su principal motivación gira en torno a la repartición burocrática. Lenguaraz, al parecer Nieto exige veladamente participación en el gobierno, que dicho en términos subrepticios de la forma tradicional de hacer politiquería en Colombia, equivale a nombramientos, adjudicación de contratos para quienes le financiaron su ccampaña, control de la nómina y cuotas de poder ministerial.