Sismógrafo de urnas estadounidenses y radiografía del traspié de Trump avizoran convulsos horizontes de la geopolítica global
Plebiscito a flor de piel contra el personaje que devoró la política institucional. Rara vez las elecciones de medio término en Estados Unidos configuran un simple examen administrativo del partido en el poder. Sin duda, el proceso electoral reciente superó cualquier precedente histórico al convertirse en rotundo, visceral y polarizado referéndum sobre una sola persona: Donald Trump. En estos polarizados comicios no se dirimió el idealizado debate entre plataformas programáticas del Partido Republicano y del Partido Demócrata. Tampoco se votó por ideologías partidistas depuradas o por complejos entramados legislativos. El electorado estadounidense acudió a las urnas impulsado por una disyuntiva implacable: votar a favor o en contra de Donald Trump. El controversial mandatario perdió el pulso, medido en escaños mediante orquestado el rechazo popular expresado en las urnas. Las razones de este descalabro político asi lo nieguen de dientes para afuera los republicanos, no radican primordialmente en el acierto o el error técnico de sus políticas económicas o sociales. De hecho, muchas de las medidas adoptadas por su administración contenían elementos de pragmatismo económico y de seguridad que en circunstancias normales habrían generado consensos. El inocultable detonante de la derrota fue el talante, la actitud, el procedimiento conductual y la forma de gestionar el poder del presidente.