Defensa y Seguridad Nacional

88 años después de la agresión peruana contra Colombia

Han sido pocas las oportunidades en que los colombianos nos hemos unido para alcanzar un objetivo común. Tan escasas, que casi se podrían contar en los dedos de la mano. Una de ellas, tal vez la más significativa sucedió hace ochenta y ocho años.       El 1º de septiembre de 1932, a las cinco treinta de la mañana, una agrupación de civiles armados y militares peruanos asaltaron el puerto colombiano de Leticia, sobre el Trapecio Amazónico, consagrado como territorio nacional por el Tratado Lozano Salomón de 1928.      La invasión fue encabezada por el ingeniero Oscar Ordóñez y el alférez del Ejército del Perú Juan de la Rosa, comandante de la guarnición de Chimbote quien vestía prendas civiles.      Los agresores emplearon ametralladoras pesadas y cañones, fusiles Mauser y carabinas Winchester, que sólo podían tener procedencia castrense. Una vez perpetrado el asalto, un contingente de soldados en uniforme distribuyó centinelas en los cuatro puntos cardinales de la población.       De manera simultánea, el puerto de Tarapacá, ubicado sobre la margen sur del río Putumayo, lugar estratégico por su ubicación próxima a la frontera con el Brasil y sus características topográficas, fue tomado por fuerzas militares peruanas y convertido en fortín atrincherado, con el fin de controlar la navegación de este importante tributario del río Amazonas.       Como es obvio de inferir, las Fuerzas Militares fueron protagonistas de ese episodio, a raíz del cual Colombia entendió la importancia de contar con tropas profesionales. La integridad del territorio se defendió con éxito gracias al valor de nuestros soldados, a la dirección política y diplomática y al apoyo de todos los sectores de la sociedad. Hasta ese momento, no había ocurrido algo similar en algo más de un siglo de vida republicana.        La movilización nacional       Tras el asalto peruano a Leticia, el presidente Enrique Olaya Herrera llamó a los colombianos a la movilización nacional y obtuvo caudalosa respuesta encaminada a contribuir en la defensa y protección del patrimonio común. Tan grave ultraje a la soberanía nacional despertó el patriotismo. Las juventudes se aprestaron a servir en las filas del Ejército Nacional. En las oficinas de reclutamiento, fueron rechazados centenares de jóvenes que querían empuñar las armas de la república.        Es digno recordar aquí el noble gesto de nuestras mujeres, quienes no escatimaron esfuerzo. En cumplimiento del llamado presidencial, las solteras donaron sus anillos de compromiso y las casadas las argollas de matrimonio. Hasta las familias más humildes que guardaban algún objeto de valor a manera de tesoro, lo entregaron por la salud de Colombia.        Los diferentes estamentos sociales de la nación contribuyeron a reunir joyas que fueron fundidas en el Banco de la República, donde convertidas en lingotes de oro, se convirtieron en los recursos urgentes para responder a la inesperada guerra.       Los periodistas colombianos difundieron a través de los distintos medios toda la información conocida, y conmovieron a los taciturnos espíritus para poner a todos en pie de guerra.        Escuelas como los colegios se convirtieron prácticamente en cuarteles, pues allí se adiestraba en los asuntos castrenses animosos jóvenes. Eminentes médicos de quienes aceptaron sueldo de soldados rasos, como compensación a sus aportes humanitarios.       Mediante la ley 12 de 1932 el gobierno nacional fue autorizado para endeudarse por $10’000.000 destinados a atender los gastos más urgentes. La agresión peruana contra Leticia fue está relacionada con el estado crítico en que se hallaba la defensa militar del país. En lo externo, reposaba en la confianza del cumplimiento de los tratados por parte de los países vecinos y, en lo interno, en el consenso de la opinión pública y el espíritu pacífico después de la sangrienta guerra de los mil días.        Acorde con la nueva ley se impusieron gravámenes a espectáculos públicos, juegos, loterías y giros a residentes fuera del territorio nacional. A lo anterior se sumó el patriótico caudal de las contribuciones, que permitió alcanzar la suma de $10’382.183,68, incluyendo el valor de las joyas que damas, caballeros y niños aportaron a la causa, por valor en oro de $123.963,17. El sábado 22 de octubre de 1932 fue de regocijo nacional, al conocerse la noticia de que la colecta había sobrepasado los $ 10’000.000. ¡Antes de 30 días Colombia había cumplido el objetivo financiero de la primera parte de la guerra!        El combate de Güepí        Güepí, primera batalla de la guerra, se desarrolló durante nueve horas de lucha sin descanso, a lo largo de un sector de quince kilómetros. El caudaloso río Putumayo, describe en este trayecto de la selva dos lentas curvas de dirección opuesta, que desde los aires deben verse como una S gigantesca. En medio del río existen varias islas, la mayor de las cuales, Chavaco, podría convertirse en una hacienda de regulares proporciones.       Antes de salir las primeras luces del alba, tropas colombianas al mando del capitán Luis Uribe Linares alcanzaron la orilla opuesta y desembarcaron, en perfecto silencio y sin que fuera advertido el movimiento. Al mando de los pelotones iban los tenientes Mario García, Deogracias Fonseca quien 25 años más tarde fue presidente de la república, Carlos Manrique y Francisco Benavides.       A las ocho y media de la mañana los aviones de guerra colombianos surcaron los aires. Era la señal convenida para iniciar el ataque. Como se había previsto. A cuatro kilometros de distancia, estaba el fuerte peruano de Cachaya o Bolognesi. ... seguir leyendo

Eln, teología de la liberación y sacerdotes terroristas

El 17 de septiembre de 1982 a las 6 pm, bandidos de las autodefensas del Magdalena Medio dirigidos por Ramón Isaza, perpetraron una masacre contra una célula embrionaria del “proyecto Santos” del Eln, que desde comienzos de 1978 y como parte de la estrategia del replanteamiento, venía desarrollando en las veredas de Estación Cocorná en Puerto Triunfo Antioquia el sacerdote católico, miembro activo de la teología de la liberación y difusor del terrorismo marxista-cristiano Bernardo López Arroyave. Ya vinculado como militante y activista urbano del Eln en Medellín, López Arroyave ingresó con vocación tardía al seminario de la Ceja Antioquia, donde adelantó estudios canónicos. En esos claustros compartió formación religiosa con varios sacerdotes centroamericanos, que luego obraron como terroristas e ideólogos de las guerrillas salvadoreñas y nicaragüenses. Inclusive fue ordenado como sacerdote, en una ceremonia masiva en el Templete en Bogotá durante la visita del Papa Pablo VI en 1968. ... seguir leyendo

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