Veinte años de guerra en Afganistán: Luces y sombras

Publicado: 2021-09-11   Clicks: 162

     Un enfoque más inteligente contra el terrorismo está ahora al alcance

      Entre las enseñanzas derivadas del colapso del gobierno respaldado por Estados Unidos en Afganistán, pocas son tan dramáticas como la perspectiva del resurgimiento de Al Qaeda y otros grupos yihadistas sunitas, en el país donde se derramó tanta sangre y dinero estadounidenses.

      Después de 20 años de una guerra que causó más de 20.000 bajas entre muertos y heridos a miembros militares y contratistas estadounidenses, además que el tesoro federal gastó más de 2 billones de dólares; el resurgimiento de la organización terrorista que desencadenó el gigantesco desgaste humano y financiero, es difícil de digerir.

      La fácil caída de Kabul en manos del talibán fue una sorpresa para muchos. Para los altos cargos de la política exterior, la "guerra contra el terrorismo" global terminó en 2018, cuando el secretario de Defensa James Mattis emitió la Estrategia de Defensa Nacional, que identificó a China y Rusia, como las grandes potencias rivales que amenazan la seguridad de Estados Unidos.

       Para los estadounidenses en general, el final de la guerra en Afganistán llegó antes, cuando los principales medios de comunicación impresos y televisivos reasignaron a muchos de sus reporteros del Asia Central para cubrir las actividades del presidente Donald Trump, su nunca aclarada relación con Rusia y la posterior serie de escándalos, que incidieron en su salida de la Casa Blanca.

       Incluso el primer ataque terrorista ocurrido después del 11 de septiembre de 2001 en territorio de Estados Unidos, cuando un oficial de la fuerza aérea saudita que mató a tres marines e hirió a otros 13 en Pensacola (Florida), en 2019, no distrajo al público de los embrollos de Trump. La sensación nacional fue que la violencia yihadista había retrocedido, por lo tanto, el gobierno de Biden debería centrar su atención en combatir el terror supremacista blanco de derecha, con muy poca mención a la violencia yihadista.

      De nuevo los estadounidenses están enfocados en la amenaza del terrorismo islamista, en parte, producto del alarmismo que caracterizó las discusiones sobre el terrorismo yihadista antes de Trump. Por lo visto hasta ahora, es obvio que el riesgo de terrorismo para Estados Unidos empeorará y es casi seguro que Al Qaeda restablecerá su refugio seguro en Afganistán, lugar que utilizara para planear actos de terrorismo contra Estados Unidos y otros países occidentales. Para Lindsey Graham senador republicano de Carolina del Sur "la posibilidad de otro 11 de septiembre es mayor".

     Después de varios años de esperanzadoras ilusiones de que la era del terrorismo yihadista había pasado para Estados Unidos, los responsables de la formulación de políticas de seguridad deben centrarse otra vez en la amenaza. Pero, regresar al estrés y el temor que caracterizaron la vida estadounidense durante la década y media antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca no es la manera de hacerlo.

      Un enfoque más aterrizado requerirá que el gobierno Biden enfrente múltiples amenazas a la vez. Desde el extremismo supremacista hasta el terrorismo yihadista y la violencia antisocial y misógina. También requerirá que las dirigencias de ambos partidos calmen las tensiones partidistas, que han impulsado políticas maximalistas que son inviables y, en última instancia, contraproducentes.

      La situación requerirá reconocer que el terrorismo es un hecho ineludible de la vida moderna. Debido a la disponibilidad de tecnologías peligrosas, la profusión de quejas en muchos sectores y la apertura de las sociedades occidentales, siempre habrá alguien en algún lugar que esté dispuesto a matar con fines ideológicos. Eso implica, un enfoque más sensato del contraterrorismo

      Yihadismo vivo y coleando

      La perspectiva del resurgimiento yihadista en Afganistán pudo haber sido un golpe duro para muchos, pero el terrorismo islamista nunca desapareció. Aunque los ataques terroristas contra estadounidenses y europeos se han vuelto menos frecuentes, los niveles globales de terrorismo se han mantenido relativamente altos.

       La convulsa dinámica de la Primavera Árabe, la derrota parcial del Estado Islámico (ISIS) en Mesopotamia y la guerra civil siria redirigieron las energías islamistas. Los grupos yihadistas se han "relocalizado", concentrando más esfuerzos en sociedades musulmanas o heterogéneas en el mundo en desarrollo y menos en las naciones occidentales, a las que culpan por apoyar a regímenes "apóstatas" y frecuentemente autoritarios. Actualmente, El Sahel y África Occidental son campos activos de la yihad, y los grupos violentos en estas regiones a menudo se afilian con Al Qaeda o ISIS como estrategia de posicionamiento.

       Aún así, los impulsores básicos de la yihad global ―estancamiento económico, exclusión política, resentimiento nacido de la represión― han sido poco afectados por la guerra global contra el terrorismo y en algunos casos se han vuelto más fuertes debido a ella.

       En Egipto, donde nació el movimiento yihadista moderno durante el gobierno populista de Gamal Abdel Nasser, la actual represión del régimen del presidente Abdel Fattah el-Sisi puede superar a la de su predecesor. Para colmo de males, en todo el entorno árabe y musulmán en general, la corrupción florece y el desprecio por las libertades civiles sigue siendo común denominador.

        Estados Unidos y sus aliados han mejorado mucho en la neutralización de las amenazas de al Qaeda e ISIS, mediante ataques al "enemigo lejano", gracias en parte a los drones armados, las fuerzas de operaciones especiales capaces y la vigilancia de largo alcance. Así mismo, Estados Unidos ha fortalecido su seguridad fronteriza y del espacio aéreo, ampliado la recopilación y el análisis de inteligencia, mejorado la comunicación dentro y entre las fuerzas del orden y la comunidad de inteligencia, y ha forjado una red global de agencias de espionaje de ideas afines para rastrear y combatir la amenaza terrorista.

         Pero mientras perviva la intención yihadista será probable que algún grupo encuentre alguna razón para atacar a Estados Unidos y sus aliados nuevamente. Claro está, que el colapso de Afganistán hará más difíciles los esfuerzos de Estados Unidos contra el terrorismo son. Es posible el rejuvenecimiento de Al Qaeda, ya que los talibán nunca rompieron con el grupo.

        Por extensión, Estados Unidos tendrá menor capacidad para recopilar inteligencia técnica. Pero la tolerancia de los talibán hacia las conspiraciones terroristas de Al Qaeda podría ser más limitada, dependiendo si en las regiones afganas no se desata la hasta ahora impredecible guerra civil.

      La capacidad de Al Qaeda para atacar a Estados Unidos  dependerá mucho más de su capacidad para reconstruir redes internacionales diplomáticas y de inteligencia estratégica, pero Washington y sus aliados tienen 20 años de experiencia acumulada para combatirlos. Entre tanto, y a menos de que China instale bases militares en Afganistán, los talibán no gozarán de control soberano sobre el espacio aéreo, donde los aviones Estados Unidos tendrán posibilidades de bombardear a los terroristas en sus campos de entrenamiento.

       Para penetrar en Estados Unidos y llevar a cabo otro ataque con víctimas en masa, Al Qaeda e ISIS tendrán que evadir la vasta red de vigilancia que Estados Unidos y sus socios han tejido después del 11 de septiembre de 2001. Los posibles atacantes también tendrán que burlar un sistema de seguridad fronteriza muy mejorado.

      Cifras filtradas a los medios de comunicación revelan que Estados Unidos ha incluido a dos millones de personas de diferentes nacionalidades en listas de exclusión aérea, en apenas un subconjunto de la lista de vigilancia de terrorismo interinstitucional.

      Por supuesto, los yihadistas saben esto. Sin embargo, incluso si una nueva generación de terroristas pretende golpear a los estadounidenses en su propio país, tendrá muchas dificultades para lograrlo.

      Razonamientos lógicos

      La agresión yihadista, más potente en África y el Medio Oriente que en las ciudades occidentales, exige mejor enfoque del contraterrorismo que la “guerra contra el terrorismo” iniciada por la administración de George Bush. En conjunto esta guerra ha sido una vertiginosa evolución.

       Después del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos perdió la capacidad para diferenciar amenazas reales y potenciales. De repente, los organismos de inteligencia descubrieron células de Al Qaeda en 90 países.

      Para combatir esas amenazas, los despliegues militares de las últimas dos décadas fueron insostenibles y contraproducentes, como lo demostraron el surgimiento de ISIS del caos sectario de Irak y el resurgimiento de los talibán en Afganistán. Prueba de ello es que la ocupación militar constiituyó un camino muy transitado hacia la radicalización.

      Obviamente, la gama de armas disponibles para posibles terroristas es motivo de preocupación: Las armas cibernéticas, químicas, biológicas, radiológicas y nucleares representan una amenaza que aumentará con el tiempo. La ciberamenaza emana de los estados, pero también ha sido privatizada. Aún no se ha implementado para matar, pero podría fácilmente serlo, dada la penetrabilidad de los sistemas de control de datos que regulan la industria, los servicios, la aviación y la atención médica, por nombrar algunos objetivos.

      La letal amenaza biológica es considerable, debido a los avances en las ciencias de la vida, la difusión del conocimiento técnico en las redes sociales y el control regulatorio desigual de los laboratorios dedicados a la investigación y la experimentación. La pandemia que azotó el mundo a partir de finales de 2019 subrayó este peligro: aunque es posible que nunca se conozcan los orígenes del COVID-19, no se podría descartar que el virus salió accidentalmente del Instituto de Virología de Wuhan, de donde se sabe, que los investigadores estaban experimentando con coronavirus.

      Se desconoce si los terroristas se han inspirado en la pandemia, por los catastróficos resultados vistos hasta la fecha. Pero los grupos terroristas han utilizado armas químicas y biológicas en el pasado. En la década de 1990, Aum Shinrikyo utilizó varias toxinas diferentes, incluido el gas nervioso, tanto en ataques dirigidos como indiscriminados en Tokio.

     Doctrinal y moralmente, Al Qaeda e ISIS consideran estas armas legítimas y han perseguido su desarrollo. Los terroristas también han usado ántrax y ricina en ataques a pequeña escala, y los combatientes en la guerra civil de Siria han normalizado el despliegue de agentes químicos, reduciendo las inhibiciones éticas y estratégicas para su uso en otros lugares.

      Hay muchas razones por las que los terroristas no han intentado utilizar tales armas en una escala más amplia y letal. Son difíciles de producir y peligrosos de usar. Sus efectos son impredecibles y podrían socavar la imagen de los usuarios. Además, los terroristas han encontrado más fácil infligir bajas masivas con armas convencionales que con armas exóticas. Sin embargo, no es descabellado imaginar a un terrorista diseñando la liberación de un virus altamente letal desde un laboratorio manejado con propósitos siniestros.

      Por ende, la retirada de Afganistán plantea el riesgo de que el péndulo se aleje del extremismo racista interno y se enfoque en las amenazas yihadistas. Esta oscilación debe detenerse. Estados Unidos necesita lidiar con yihadistas, supremacistas blancos y otros extremistas.

      Es sabido que decenas de grupos llevaron a cabo ataques terroristas en los Estados Unidos entre 2015 y 2019. Los movimientos que combinan la ideología con la religión o la raza tienen el potencial de causar el mayor daño, pero otros también pueden hacerlo.

      Por otra parte, el gobierno de Estados Unidos deberá proteger al país de las acaloradas batallas partidistas que se han extendido a casi todos los ámbitos políticos. Cuando los políticos ven cada incidente terrorista, ya sea que cause víctimas o sea casi un error, como una oportunidad para golpear a los que están en el poder, los responsables de la formulación de políticas se ven obligados a adoptar políticas, que algunas veces resultan maximalistas e insostenibles.

      Las preocupaciones por el terrorismo politizado y a menudo sobrevalorado, desplazan a otras preocupaciones políticas, lo cual socava la capacidad de Estados Unidos para enfrentar problemas globales. Culpar a los funcionarios electos por los reveses de la lucha contra el terrorismo también consume tiempo y un espacio político preciosos que podrían utilizarse con fines constructivos.

       Ejemplo de ello, las interminables audiencias del Congreso que siguieron al ataque contra la embajada estadounidense en Bengasi (Libia) en 2012, donde murieron el embajador Christopher Stephens y tres estadounidenses más, o en los alegres comentarios que hizo el representante republicano Kevin McCarthy, para denunciar a la responsable de ese fracaso la exsecretaria de Estado Hillary Clinton

     Esta guerra política erosiona gradualmente la confianza en el gobierno. El terror y las luchas políticas internas, amplificadas por los medios de comunicación, han oscurecido todo lo que se ha logrado. Por lo tanto, los líderes deben erradicar la política de división y unirse en una causa común, o de lo contrario continuarán debilitando al país y su posición en el mundo, para satisfacción de China y Rusia con sus aliados estratégicos en los cinco continentes.

       Será difícil contrarrestar la arraigada idea de que cualquier riesgo es inaceptable. Requerirá educar a los estadounidenses sobre la posibilidad real de varios tipos de ataques terroristas y sobre la evaluación de riesgos en general. Con mejor comprensión de los hechos, los estadounidenses serán más resistentes cuando ocurra el próximo ataque.

       Al altura de las circunstancias

      Naturalmente, el repentino colapso del gobierno afgano ha vuelto a centrar la atención de Estados Unidos en la amenaza yihadista. Pero esa amenaza no es tan grave como lo fue antes, al menos no en Estados Unidos y Europa.

      Es solo uno de los múltiples peligros terroristas que Washington debe abordar. Para enfrentar tales amenazas Estados Unidos requiere políticas antiterroristas completas y con suficiente discernimiento sobre los costos y beneficios de la acción.

      La exacerbación de la pandemia con el sistema político afectado en Estados Unidos, ha convertido una crisis de salud pública sin precedentes en una pelea política sin límites, pero no todos los estadounidenses tienen idea clara acerca del peligro que se avecina, si el país continúa por el camino actual. Aunque impredecibles, las amenazas terroristas que enfrentarán Estados Unidos y los países occidentales son manejables.

     Con sobradas razones, hemos anotado en otros escritos que la caída de Kabul en manos de los talibán el pasado 15 de agosto de 2021, es el evento geopolítico mas trascendental del presente siglo, y en consecuencia el mundo dará otro giro en las relaciones de todos los países, con nuevos actores posicionados en los que décadas atrás fueran dominios geoestratégicos de la Casa Blanca.

      La duda al respecto, es tener la certeza si ¿estarán a la altura de las circunstancias los líderes políticos?.

      Teniente coronel Luis Alberto VillamarínPulido

       Autor de 39 libros de geopolítica, estrategia y defensa nacional

       www.luisvillamarin.com

 

 

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